Wednesday, May 14, 2008

LLORA


Así van las cosas por estos lados,
viendo a la gente hacerse pedazos;
mentes brillantes, hijos de vecino, vírgenes maculadas, viudas alegres, abuelos pedófilos, todos…
Chamos perdidos entre un afiche de una banda,
un condón de tres bolos y un cacho de marihuana.
Esposas que dicen que quieren a sus maridos
mientras piensan en los orgasmos que les podría dar el vecino.
Esposos que dicen que quieren a sus costillas
mientras piensan en reventarle el culo a la vecina.
El vecino y la vecina huérfanos, hermanos,
ella de diecinueve y él de veintantos.
Mamás que entregan sus vidas a sus hijos
y estos las cambian por una línea de cocaína en el piso.
En la disco, en cualquiera, todas son lo mismo,
se repiten cada medio metro aspirantes a originales y exclusivos.
Niñas de inteligencia grande y exquisita
que mutilan su existencia al maldito culto a Afrodita.
Profesores que antes fueron rebeldes, excelentes,
ahora narcotizados en la flojera y muertas sus mentes.
Alumnos que se regocijan en logros académicos,
y que plagian, copian y mienten; son disfraces, son patéticos.
Ministros de la iglesia de un carpintero humilde y pobre
que se ahogan en soberbia, mierda y mucho cobre.
Y la última;
el maíz y la caña ya no son para la gente tener azúcar y harina,
son para poner a rodar los carros; ¡hijos de puta!, quisiera verlos tomando gasolina.

Friday, April 18, 2008

Escarcha Negra


Cuando entré al apartamento olí enseguida una esencia metálica. Escuché dos voces; venían del único cuarto del piso, así que caminé hacia allá. A medida que avanzaba por el angosto y sucio pasillo hacia la habitación, el olor metálico se hacía más fuerte, tanto que podía sentir como si hubiese tenido un sorbo de mercurio en la boca. Al pararme en la puerta del cuarto pude ver la mancha roja en la pared y unos pedazos de cerebro que habían chorreado pero que no llegaron al piso. Su cuerpo estaba tirado ahí en un charco de sangre. Sentí esa línea de frío que te baja por el cuerpo, de la cabeza a los pies, como si te estuvieran escaneando para hacerte un modelo tridimensional de ti mismo. Esa es la línea fría horizontal descendente que te deja saber que estás realmente cagado. Ya no aguanté más; el estómago se me revolvió, empecé a sudar helado, se me hizo un círculo negro de borde borroso en la vista (como ese que se ve en las películas cuado alguien ve por unos binoculares), las nauseas llegaron, sentí como las tripas se me contrajeron junto con el estómago y vomité. Vomité sobre uno de los policías. Se había parado diagonal a mí pero no había notado que estaba ahí. El tipo maldijo y se fue no se a dónde. En verdad no le paré bolas; una persona vomitada encima no puede competir con un puré sesos en una pared y un cadáver con un tiro en la cabeza. El otro policía, sin uniforme, un detective según la chapa que tenía colgada en la correa, se me acercó y me mostró un papel con un número de teléfono.

—¿Con usted fue que hablé hace un rato?
—Sí, fue conmigo.

El hombre quiso llevarme fuera del cuarto para hablar pero yo seguí caminando hacia el cuerpo. El detective me hablaba pero yo no lo escuchaba, estaba ido viendo el cadáver con el hueco en la cabeza. Cuando caminaba cerca de sus piernas, sentí que algo golpeó en mi mejilla y escuché cuando fue a dar al piso. Me pasé la mano y me la vi llena de sangre desde el borde de la muñeca hasta la punta del dedo que mostraba en cada foto que me tomaban cuando era un pseudoprotorockero adolescente preso de clichés conocidos en afiches y MTV. Volteé hacia arriba y había pedazos de cráneo pegados al techo con masa encefálica y más sangre, coagulándose. Resaltaba más aun porque el techo era particularmente blanco, limpio; no como el resto del apartamento con paredes rayadas, húmedas, asquerosas, y un olor a grasa vieja y sudor. En ese momento el detective me tomó del brazo y me pidió que saliéramos de ahí.

En la sala, que en realidad era un espacio asfixiantemente pequeño con una mesa decrépita, cuatro sillas rotas y un sofá de tres puestos pestilente, el detective me dijo que le hablara de la mujer que estaba en el cuarto con la tapa de los sesos volada hasta la pared y el techo. Le dije que la había conocido cuando era un niño pero que sin darme cuenta perdí contacto con ella. Bueno, en verdad no sabía –y no se– cuando había sucedido porque ella tenía una hermana y se parecían mucho, y a esta última le encantaba —y le encanta— hacerse pasar por esa mujer, así que nunca supe que la había perdido. Sólo hace unos años me di cuenta de eso. Empecé a buscarla desde ese día. Fue difícil porque no mucha gente la conocía realmente y cada vez que preguntaba por ella me decían “¿Estás ciego o eres estúpido? Mírala ahí”, y señalaban a la hermana. No me creían cuando les decía que esa no era ella, y yo mismo terminaba desmintiéndome. Eso me pasó una y otra y otra y otra vez. Al final dejé de andar preguntándole a otros por ella y la encontré por mi propia cuenta hace casi tres años ya. Le dije todo eso al detective, que estuvo de pie y callado todo el tiempo y se quedó así un momento más. Luego se sentó en una de las sillas. Yo saqué una carterita de brandy y me tomé un trago largo. El carajo me vio con cara de juicio, pero ni me molesté en decirle nada; mis demonios son míos y de más nadie. Además, ¿Dónde coño estaba la policía cuando el maldito malandro le hundió a mi mamá el puñal para quitarme el reloj de mi abuelo? El silencio hizo lo suyo y el detective habló.

—La cara quedó intacta. El tiro se lo dieron dentro de la boca. Esa mujer era bella. Usted me va a disculpar pero ¿Cómo es que vivía sola y en esta mierda tan fea y hedionda?
—Esta es una mierda fea y hedionda, así que no pida disculpas. Yo le pregunté lo mismo cuando la encontré. Le dije que por qué no se iba de aquí, que por qué no salía. Sólo me contestó que su belleza la había condenado a la soledad y al olvido porque ante ella la mayoría de la gente se asustaba, se intimidaba. Además, su hermana le había hecho creer a casi todo el mundo que era ella, y nadie la creía desaparecida; ps, incluso la creían una impostora cada vez que se la encontraban. Sin embargo, detective —dije después de una pausa—, últimamente muchas personas habían empezado a preguntar por ella y a buscarla.

El detective se levantó de la silla, empezó a caminar hacia el cuarto y me pidió que lo siguiera. Cuando llegó al umbral de la puerta de la habitación sus ojos casi se salieron de su cara. Entró con un apuro estéril y dijo en un grito ahogado:

—¡¿Qué carajo?!

Cuando entré vi lo que el detective. No había cuerpo, sólo un rastro de sangre que salía por la ventana y un mensaje escrito con escarcha negra en una de las paredes; era su letra, la de ella.

—¿Cómo se llamaba… o cómo se llama la mujer que estaba tirada aquí ahorita? —preguntó el detective con una alteración que se notaba en su respiración.
—Libertad.

Monday, October 08, 2007

CARTA DE NAVEGACIÓN


Ya comienzo otro semestre en la universidad, el octavo, y es hora de hacer, o más bien repasar, una especie de carta de navegación. El propósito es simple: evitar cualquier situación que pueda terminar en una catástrofe académica. Hacer esta guía no es fácil, mucho menos lo es el cumplirla. La metodología es como sigue: observar, formular y poner en práctica, o sea, nada nuevo; el viejo método científico.
La carta de navegación es entonces como sigue:
1. Aunque han habido excepciones y posiblemente habrán más, no olvidar que eso del constructivismo y la sociedad en la construcción del conocimiento entre alumnos y profesores es puro gamelote seco que la mayoría de estos últimos predica pero no practica. El aula es conductista y creer lo contrario es caerse a porciones cilindroides y compactas de excremento.
2. Como consecuencia inmediata del punto anterior, para la mitad de la semana tres ya tengo que conocer a los profesores de las materias que veo. El punto no es tanto saber su nombre, aunque eso es importante. El punto es saber cómo les gustan las intervenciones, los informes o trabajos escritos y el discurso en general; cuál es la tolerancia con la hora de entrada, la de salida y las inasistencias; actitud hacia los celulares en el salón; dónde y cuándo desayunan o toman café; dónde están sus cubículos y dónde es más probable encontrarlos cuando no están allí; saber sobre cada uno si es conservador, liberal, progresista o ninguna de las anteriores; también cualquier información no contemplada en la serie anterior y que pueda resultar de utilidad instrumental.
3. Nunca caer en la trampa del profesor pana; esos son los más peligrosos.
4. Siempre aplicar la técnica del bambú: moverme con gracia, agilidad, flexibilidad y oportunamente hacia donde sople el viento. (Esta es la metáfora para “eufemizar” el hecho que el profesor, al final y sin importar nada, tiene la razón).
5. Si un compañero está equivocado o no es claro en algo que dice en clase, debo quedarme callado. Recordar que las tres veces que he osado hacer una aclaratoria o pedirla porque algún par estaba mayúsculamente errado o era confuso en su punto, esto fue considerado un ataque infame y despiadado al mismísimo corazón de ese megaorganismo llamado Sección.
6. En caso que sea un profesor el que está errado en lo que dice y por alguna trampa del destino resulta que me doy cuenta, no debo hacérselo saber en público; debo recaudar información de fuente confiable con respecto al punto y exponerle en privado mi consideración de su error. De negarse éste a reconocer su pifia, no debo entrar en polémica estéril; simplemente cerrar la convesa haciéndome el que repentinamente se dio cuenta de que quien estaba equivocado y no entendía era yo. Luego, en examen, exposición o cualquier evaluación que involucre el punto en cuestión, repetir tal cual lo que dijo el profesor. Hacer otra cosa es una estupidez, total, yo se quien está errado pero la nota la pone es él y no yo.
7. No olvidar mi meta, a saber: ser el papá de los helados desde el alfa hasta el omega en tanto se pueda. Aprender y saber de verdad lo que estoy estudiando y además sacarme la nota máxima posible en todo. Lamentablemente, con lo último es que miden, a mí y a todos, pero lo primero es lo que me pone más allá de los que sólo sacan mucha nota y me hace justicia en un sistema que con su apatía disfrazada de flexibilidad pocas veces refleja en las calificaciones quién ciertamente sabe y quién no.
8. Siempre recordar que mujeres, rumba, caña, playa y cualquier otra cosa están subordinadas a las exigencias y demandas del semestre. Todas esas cosas van y vienen (siempre lo han hecho) mientras que una nota es para siempre, me bendecirá o maldecirá hasta el final de mis días.
9. Revisar todas las paredes de la universidad (especialmente las de la parada de autobús y las de descontrol de estudios) y leer cuanto papel esté pegado en ellas. De lo contrario, podría no enterarme de cosas como que obligatoriamente hay que entregar en alguna dependencia de mi queridísima Alma Máter en un lapso de cuarenta y ocho horas original y copia de la partida de nacimiento de mi tatarabuelo so pena de perder el cupo en la universidad.
10. Sin falta, debo llevar en mi bolso varias copias de mi cédula de identidad, record académico, planilla de inscripción, solvencia de la biblioteca y bonos de caja; también fotos tipo carnet, planillas de deposito de BANESCO y veinte mil bolívares en efectivo. Tú sabes, por si las moscas.
Esta es mi carta de navegación para el semestre que comienzo. Es vital por la cantidad de singularidades en el Universo Paralelo Experimental Libertador Maracay (UPEL - Maracay). ¡Cuidado!, ¡mosca!, el que se descuida, pierde.